programa
Primera Parte
Guillermo Tell
Obertura
G. Rossini
La bella durmiente.
Suite Op. 66
· Introducción
· Paso de acción
· Paso de carácter
· Panorama
· Vals
P. I. Tchaikovsky
Segunda Parte
Coppelia
Vals lento
L. Delibes
Ohne Sorgen
J. Strauss
Wein, Wei bund Gesang Op. 333
J. Strauss II
Trisch – Trasch Polka Op. 214
J. Strauss II
Pizzicato Polka
J. Strauss II
Vals del emperador Op. 437
J. Strauss II
Spanischer Marsch Op. 433
J. Strauss II
notas al programa
Martín Llade
El presente concierto comienza con la que es una de las oberturas más famosas de la historia de la ópera. En realidad, se trata de mucho más que una simple introducción instrumental de una obra escénica. Gioacchino Rossini, el rey de la ópera en el primer tercio del siglo XIX, veía que su antaño fecunda inspiración parecía agotarse. Había obtenido triunfos resonantes con títulos como El barbero de Sevilla, La Cenerentola o La italiana en Argel, hasta superar las setenta óperas. Pero se percataba de que ya no tenía nada nuevo que decirle al público y decidió evolucionar hacia un estilo que le era ajeno: la grand opera, cuyo principal exponente era Giacomo Meyerbeer. Un espectáculo de dimensiones nunca vistas antes, con óperas de hasta cinco actos, sustentadas sobre todo sobre grandes escenas corales, y por lo general inspiradas en hechos históricos. Rossini decidió adaptar el drama de Friedrich Schiller publicado en 1804, inspirado en el legendario arquero suizo y su lucha contra la tiranía en el siglo XIII. El compositor decidió adaptarlo en francés para estrenarlo en la Sala Pelletier de París, ciudad en la que residía, el 3 de agosto de 1829. Las cuatro horas de duración de la partitura y las exigencias vocales plantearon problemas desde el principio y después de la tercera representación se ofreció con abundantes cortes. En los distintos estados de Italia no le fue mucho mejor, ya que debido a su argumento, considerado subversivo, la censura impidió que se representase en mucho tiempo. Distinta suerte corrió la obertura: a diferencias de otras tan célebres, como la de El barbero de Sevilla o La gazza ladra, Rossini lleva a cabo la elaboración de un pequeño poema sinfónico, dividido en cuatro partes (lo que propició que Berlioz lo describiera como una “pequeña sinfonía”), que anticipan el desarrollo de la trama: comienza con el Amanecer, y un elegíaco solo de violonchelo que muestra la tristeza de los suizos por su opresión bajo el dominio austriaco; le sucede La tormenta, pasaje ciertamente tempestuoso, apuntalado por la contundencia de los metales y la percusión; la Llamada a las vacas es una página pastoral de transición, cuyo tema principal es introducido por el corno inglés y se escuchará a lo largo de la ópera; todo concluye con la exultante Marcha de los soldados suizos, que representa el triunfo de Guillermo Tell. Esta pieza, que Johann Strauss padre arregló en forma de cuadrilla en la época, es muy conocida por el empleo que se ha hecho de ella en cine y televisión, siendo, por ejemplo, el leitmotiv de El llanero solitario.
Tras el fracaso de esta ópera, Rossini se retiró para siempre de los escenarios y siguió componiendo para su propio placer música de cámara y canciones, los siguientes treinta y nueve años que vivió.
Antes de hablar de La bella durmiente, hay que comentar que no podrían concebirse los ballets de Tchaikovski sin el precedente de Leo Delibes. Y es que durante el siglo XIX, las partituras de este tipo de espectáculos no habían sido sino un mero vehículo al servicio de la danza. La audición de un título tan reputado como Giselle de Adolph Adam de 1841 es una buena prueba de ello. A pesar de contar con libreto del mismísimo Theophile Gautier y de basarse en un cuento de Heine, la música de la obra no destaca sino por su carácter bailable, siendo sus piezas perfectamente intercambiables entre sí, y de nulo carácter descriptivo. Esto sería extensible a figuras hoy olvidadas, que llegaron a triunfar en el Ballet Imperial Ruso, como Riccardo Drigo, o Leon Minkus. Tuvo que ser un discípulo de Adam, Léo Delibes, quien diera el paso de otorgar entidad a la partitura, logrando establecer una relación íntima entre el argumento y la música, de forma que a partir de ese momento el coreógrafo respetara escrupulosamente los números propuestos y su orden (puesto que no era inhabitual que se mezclaran con los de otros ballets, incluso de autores distintos). Delibes logró su primer éxito precisamente con un ballet, La source, del año 1866. Para Coppelia o la muchacha de los ojos de esmalte decidió basarse en El hombre de arena, un cuento de E.T.A. Hoffmann. Este autor romántico fue jurista, caricaturista, compositor y escritor y su influencia dentro del repertorio es considerable. Precisamente, Tchaikovski escribiría su último y exitosísimo ballet basándose en su relato Cascanueces y el rey de los ratones. También la ópera póstuma de Offenbach, Los cuentos de Hoffmann se basa en parte de su obra y hasta lo convierte en protagonista de la trama, incluyendo a su vez la introducción del personaje de la muñeca mecánica Olympia. Y no podemos olvidar la Kreisleriana, álbum pianístico de Robert Schumann, basado en Kreisler, personaje de un músico creado por el escritor alemán.
El libreto del ballet de Delibes fue adaptado por Charles-Louis-Étienne Nuittier, quien decidió simplificar la acción, y rebautizó a la muñeca Olympia como Coppelia, por su inventor, el doctor Coppelius. Pero este último es desprovisto del carácter mefistofélico que poseía en el cuento. A su vez, los protagonistas del original, Nathanael y Clara, son sustituidos por los aldeanos Franz y Swanhilda, que acaban casándose después de descubrir que Coppelia es un autómata. Como esta acaba destrozada por la imprudencia de los jóvenes, el inventor acaba exigiendo una compensación económica en medio de la boda.
El ballet se estrenó el 25 de mayo de 1870 en el Teatro Imperial de la Ópera de París con gran éxito. Su página más característica, sin duda, fue el vals, que serviría de modelo a Tchaikovski para los de sus propios ballets. O al menos para los de La bella durmiente y El cascanueces. Y es que cuando Tchaikovski estrena El lago de los cisnes sin ningún éxito, en 1877, no conocía aún la música de Delibes. Pocos meses después del fiasco, tuvo oportunidad de ver en Viena otro ballet del francés, Sylvia, que lo fascinó hasta el extremo de encontrar muy mediocre su Lago de los cisnes. Y cuando descubrió poco después Coppelia se sentiría todavía más deslumbrado. Tchaikovski se hizo con una partitura para piano de Sylvia, que llevó a Rusia (pues este ballet no se estrenaría allí hasta 1901) y se la tocó tres o cuatro veces a su hermano Modest. Más aún, el compositor expresó su admiración por la música escénica francesa, en la que veía el futuro, en autores como Bizet o Delibes, en tanto que manifestaba sus recelos hacia El anillo del Nibelungo de Wagner, que había podido escuchar en Bayreuth. Llegó hasta a afirmar que Wagner o incluso Brahms, le parecían caricaturas de Beethoven.
Se ignora si Tchaikovski se hizo con una partitura de Coppelia o llegó a verla en vivo, pero pronto confesó que le parecía todavía mejor que Sylvia y llamó su atención sobre los cuentos de Hoffmann como materia susceptible de ser adaptada a la danza. Coppelia vería la luz en Rusia en 1884, nada menos que de la mano del gran coreógrafo Marius Petipa, quien sería el responsable del éxito de los ballets de Tchaikovski (incluyendo la resurrección de El lago de los cisnes tras la muerte del compositor). En 1886 Tchaikovski volvió a París y se encontró con una agradable sorpresa en su hotel: una tarjeta de visita de Delibes, en la que le invitaba a visitarle en su casa. Por desgracia, el ruso fue al día siguiente al domicilio indicado y se encontró con que el francés estaba ausente. Lo que más le maravilló no fue sólo saber que su música era más conocida en Francia de lo que él suponía, sino el hecho de que su ídolo hubiera mostrado interés por él. Pudieron conocerse al fin dos años después, en la capital francesa, y Tchaikovski destacó de Delibes que era el más entrañable de los músicos que pudo conocer allí. Todavía el día después de su muerte, su hermano Modest destacaba que el autor de Coppelia se encontraba entre sus predilectos y recordaba haberle escuchado decir: “Los suyos sí que son ballets, y no los mamotretos que yo escribo”.
Y a propósito de ello, fue tras su encuentro personal con Delibes que Tchaikovski recibió el encargo de componer La bella durmiente por parte del director de los Teatros Imperiales Ivan Vsevolozhsky. Lo cierto es que tras el fracaso, trece años atrás, de El lago de los cisnes, el compositor no ardía en deseos de volver al género. Fue su pasión por los ballets de Delibes lo que le animó a intentarlo de nuevo. Por fortuna, se le encomendó como coreógrafo a Petipa, con quien se entendió bien desde el principio. Encontrando el argumento, basado en el cuento de los Grimm, excesivamente sencillo, Vsevolozhsky decidió que en el último acto de la obra, una vez despertada la bella durmiente, se produciría una suerte de apoteosis, con la participación de otros personajes de los cuentos de hadas, como Cenicienta, Caperucita roja, el gato con botas y otros muchos. Tchaikovski cumplió con las expectativas, con una voluminosa partitura cercana a las cuatro horas de duración (El lago de los cisnes ronda las dos horas y media y El cascanueces apenas hora y media). Las lecciones extraídas de Sylvia y Coppelia fueron bien aplicadas y el músico creó su partitura más maravillosa hasta la fecha, con una orquestación de fantasía. El estreno tuvo lugar el 15 de enero de 1890 en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo y asistió el propio zar, quien al parecer elogió de forma muy simplista el espectáculo. “Muy bonito”, parece ser que le dijo a Tchaikovski, quien se sintió irritado por lo que consideraba un reconocimiento insuficiente. Sin embargo, el éxito de la obra perduró y se convirtió de inmediato en una de las más interpretadas de los Teatros Imperiales. Tchaikovski extrajo de ella la suite que se puede escuchar en este concierto, que incluye el famoso vals que hoy en día es difícil desligar de la adaptación de este cuento llevada a la gran pantalla por Disney en 1959, con algunos números del ballet, arreglados por George Bruns.
El concierto finaliza con una serie de páginas de la familia Strauss, como corresponde a un concierto de año nuevo. Ohne sorgen (Sin preocupaciones) es una polka rápida de Josef Strauss, quien se recuperaba de una enfermedad el verano de 1869 en Pavslok, cerca de San Petersburgo. Junto a él se encontraba su hermano Johann. Como muestra del optimismo que le embargaba, Josef decidió componer esta obra de carácter optimista en la que la partitura indicaba que los intérpretes debían reír al ejecutarla. Fue estrenada el 10 de septiembre de ese año en Pavslosk.
Wein weib und gesang es un vals de Johann hijo que parte del dicho austríaco: “A quien no le gusten el vino, las mujeres y las canciones, será toda su vida un idiota”. La pieza surgió como obra cantada para la Asociación Coral Masculina de Viena y se estrenó el 2 de febrero de 1869, dirigida por su principal dedicatario, Johann Herbeck. Pronto sería admirada por grandes compositores, y en el siglo XX Alban Berg realizaría un arreglo para piano, armonio y cuarteto de cuerda.
La polka Trisch trasch, destaca por su extraordinaria vivacidad y Johann hijo la estrenó en 1858, tras una gira por Pavslok. Se ignora el significado exacto de su título. Algunos estudiosos opinan que puede ser una onomatopeya del cotilleo, al que tan aficionados eran los vieneses, o que puede ser tanto una alusión a una célebre obra teatral de la época o al perrito de la señora Strauss. La Polka pizzicato fue compuesta por Johann hijo en colaboración con Josef, en 1869. Se adelanta en pocos años a la polka con efectos de pizzicati del ballet Sylvia de Delibes, y fue escrita originalmente para orquesta de cuerda y glöckenspiel.
El Vals del emperador de Johann hijo es acaso el más famoso de su repertorio tras El bello Danubio azul y fue compuesto para simbolizar el brindis del emperador Francisco José con el Kaiser Guillermo II, quien le hizo una visita en agosto de 1889. De hecho, el título original de la pieza era Mano a mano, aunque fue cambiado por el editor Simrock.
La Marcha española 433, también de Johann, fue dedicada a la reina María Cristina, por entonces regente de España, al ser su hijo Alfonso XIII menor de edad. Data del año 1888 y, en agradecimiento a Strauss, María Cristina le concedió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.
El concierto finaliza con el vals más famoso de todos los tiempos, El bello Danubio azul. Fue escrito en 1866 como vals para coro masculino (igual que el antes citado Wein weib und gesang) para la Sociedad Coral Vienesa. La letra fue obra de Josef Weyl, comisario de policía, quien volcó en ella sus sentimientos por la reciente derrota de Austria a manos de los prusianos. Estas consignas políticas enrarecieron el ambiente del estreno y el coro mostró su abierta hostilidad tanto a la letra como a la música. Durante el estreno, el vals fue acogido con tibieza. No sucedió lo mismo en la Exposición Universal de París de ese mismo año, de 1867, en la que Strauss lo dirigió en su versión únicamente instrumental. El público acogió el vals con gran entusiasmo, igual que lo haría el de Inglaterra en una serie de conciertos ofrecidos poco después en el Covent Garden. Strauss encargó una nueva letra a Franz von Gernerth y se imprimieron un millón de copias de la partitura, lo que certificaban su carrera como el vals más popular de todos los tiempos.
OSCG
Flauta
Jorge García
Rocío de Mingo (flautín)
Oboe
Isabel Alarcia
Valle González
Clarinete
Diana Gómez
Ana San Juan
Fagot
Cristina Ventoso
Iván García
Trompa
Javier López
Inés Sanz
Paula Gómez
Paula Mulero
Trompeta
Carlos Oropesa
Agustín Martínez
Trombón
Unai Casamayor
Gabriel Rufes
Andrés Pacheco (bajo)
Tuba
José Luis Martín
Timbales
Arturo Herrera
Percusión
José Ignacio Jiménez
Celia Berlinches
Diego Gómez
Arpa
Andrea Tobío
Violín I
Patricia Sánchez
Victoria Garrido
Andrés Vasquez
Andrés Moral
Daniel Poncela
Carlota Díaz
Jaime Daniel Orjuela
Sofía Cuellar
Violín II
Alfonso Moreira
Gala Valladolid
Daniel Rodríguez
Ismael López
Estefanía Mayo
Juan Manuel Saavedra
Viola
Cristina Jiménez
Dunia Espinosa
Raquel Valladares
Laura Camón
Violonchelo
Leticia Hernández
Alberto Campanero
Tamara Gómez
Irune García
Contrabajo
María Higuera
Fernando Calero
Pablo Mínguez
