Dualidades
La música alimenta la disposición del espíritu que encuentra
Francis Bacon (Sylva Sylvarum, 1627)
Los numerosos viajes realizados a las principales ciudades europeas en las que su padre lo exhibía en múltiples conciertos por su condición de niño prodigio, pusieron a Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791), en contacto con las más diversas tendencias de la música de su tiempo, que constituían una especie de dialectos de una sola lengua cosmopolita muy acorde con el ideario espiritual de la época. Las principales influencias sobre Mozart durante este período procedían de un continuo estudio de las obras de Franz Joseph Haydn y de su descubrimiento de la música de Johann Sebastian Bach. Otra influencia importante y duradera en su producción fue la de Johann Christian Bach, a quien conoció en Londres y cuya obra abarcaba ampliamente los géneros de la música para teclado, sinfónica y operística; géneros que enriqueció con la variedad de ritmo, melodía y armonía que tan rica era en la ópera italiana de la época y tal como sucedería más tarde en las de Mozart.
A mediados de la década de 1780, su carrera se encontraba en su mejor momento. Sus conciertos y el desarrollo de la docencia en Viena le proporcionaban buenos ingresos y había también demostrado sus habilidades en la escritura de la ópera buffa italiana pero su música logró aún más éxito en Praga, donde estrenó, en 1787, Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni, KV 527, segunda de las tres óperas fruto de su colaboración con el poeta y libretista italiano Lorenzo da Ponte. Fue la ópera que alcanzó la más alta expresión artística de toda su obra dramática, elemento clave en la obertura con la que comenzará el concierto. Para Massimo Mila, a pesar del persistente trasfondo cómico de ciertos personajes y de la cándida malicia sensual que imprime a otros, es indudable que la acción está presidida por elementos trágicos, patéticos y dolorosos. Animada por la tensión dramática entre la comedia y la tragedia, en la que se oponen, superponen y es imposible distinguirlas, Mozart la aprovecha sin huir de auténticos problemas morales junto a una lóbrega grandeza heroica que ha sido objeto de infinitas variantes e interpretaciones.
Entre 1777 y 1779, se encontraba de viaje por Europa y sus visitas a la corte de Mannheim y a París fueron de decisiva importancia ya que supusieron el experimento con algunas de las formas y estilos instrumentales que había encontrado. Así, las complejas dinámicas orquestales y las exigencias técnicas instrumentales encuentran su reflejo en la Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en Mi bemol Mayor, KV 364/320d, ejemplo más significativo de un género a medio camino entre la sinfonía y el concierto. Al mismo tiempo, marca un punto de inflexión en su trayectoria ya que a su vuelta a Salzburgo fue despedido por el arzobispo Hieronymus von Colloredo a quien prestaba sus servicios, y se instaló en Viena. Al igual que Haydn, Mozart explota al máximo el conjunto orquestal, dividiendo en dos la sección de violas para enriquecer la masa sonora contribuyendo a su apariencia sinfónica pero prescindiendo de la percusión, las flautas y los clarinetes. Destaca también la notable asociación y condición de igualdad que comparten ambos solistas en los tres movimientos de los que consta además del hecho de que, en el manuscrito original, escribe la parte solista de la viola en Re Mayor utilizando la scordatura para aumentar la brillantez de su sonido. Compuesta en 1779, su primer movimiento dispone de una extraordinaria abundancia de ideas y sonoridades de aparente facilidad. De hecho, George Balanchine coreografió un ballet con su música ya que el papel de dúo de solistas implica no solo una conversación con la orquesta sino también entre ellos mismos como muestran los numerosos pasajes en eco que presenta además en la construcción de las cadencias. Una cuestión que nos vincula igualmente con el mundo de la ópera, del canto, en este caso con un toque de arcaico sentimiento barroco que emerge en el segundo movimiento en el que encontramos una profundidad emocional que, como apunta Maynard Solomon en su biografía del compositor, puede reflejar la experiencia de la pérdida al enfrentarse al reciente fallecimiento de su madre de nuevo en un par complementario dolor-consuelo. En el presto final, regresa el irreprimible espíritu de alegría del primer movimiento. Como señala Alfred Einstein, “[…] su alegría resulta principalmente del hecho de que en la cadena de momentos musicales lo inesperado siempre ocurre primero, a lo que le sigue lo esperado”. O, como recoge Thomas May, mirando a Los Inmortales de Hermann Hesse, esta obra termina con su carcajada característica, que es “[…] risa sin objeto… sencillamente luz y lucidez”.
Franz Grillparzer, el 29 de marzo de 1827, en el funeral de Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827), y ante unas veinte mil personas –entonces aproximadamente el diez por ciento de la población total de Viena-, recordaba en el cementerio de Währing no solo su creatividad artística sino su inmenso corazón, su afecto, su generosidad y su dimensión humana en el sentido más pleno de la palabra. Destacó que por evitar la exposición de sus sentimientos y apartarse de los hombres llegaron a decir que los odiaba cuando en realidad lo que hizo fue protegerse de un mundo contra el que no encontró armas, y que así fue, así murió y así vivirá para siempre entre nosotros.
Su Sinfonía nº 4 en Si bemol Mayor, Op. 60 es contemporánea de la Sonata “Appassionata”, Op. 57, los tres Cuartetos Razumovsky, Op. 59, la ópera Fidelio, Op. 72, el Concierto para piano nº 4 en Sol Mayor, Op. 58 y el Concierto para violín en Re Mayor, Op. 61; obras que le ocuparon entre 1804 y el año siguiente. Fue estrenada en marzo de 1807 junto a la obertura Coriolano y el cuarto concierto para piano en una velada privada en la residencia vienesa del príncipe Joseph Franz von Lobkowitz. La primera interpretación pública tuvo lugar en el Burgtheater de Viena en abril de 1808.
Aunque comparte el ideal sinfónico de su predecesora, se acerca en muchos aspectos a la denominada manera del siglo XVIII. La Sinfonía nº 98 en Si bemol Mayor, Hob. I:98 de Haydn (la sexta de sus “Sinfonías de Londres”), había supuesto un modelo claro para el primer movimiento, lleno de contrastes y del brillo que proporciona la tonalidad mayor. La influencia de Mozart también es clara en el segundo movimiento, especialmente en la cadencia final. Su metamorfosis rítmica nos conduce a un tercer movimiento lleno de humor y en el que la plenitud de su libertad se refleja también en el hecho de que esta sinfonía sea también la primera obra orquestal de su catálogo con un minueto (o scherzo) en el que la primera sección y el trío se repiten antes de la, a su vez, repetición final de la sección principal. El último movimiento, el cuarto, es para Jan Swafford “un […] alocado moto perpetuo, como la más alegre escena final de una ópera buffa”.
Para el director de orquesta austríacto Josef Krips, “[…] esta sinfonía se aproxima al espíritu que planea sobre la octava sinfonía, pero mientras que esta última es la más vienesa de las nueve, su movimiento lento es de una profundidad indescriptible”. Se puede situar también entre el drama de la tercera y de la quinta, pero “[…] es todo un estudio sobre la serenidad: la aceptación beethoveniana de la vida”. Ya Hector Berlioz expresó que es tal la pureza de la forma, “[…] tan angelical su expresión melódica e irresistible su ternura, que la prodigiosa mano del artista queda enteramente oculta”. Un ideal sinfónico que en Beethoven encuentra una doble naturaleza en los planos técnico y extramusical, lo que llevó también a Robert Schumann a referirse a esta sinfonía como “una doncella griega entre dos gigantes nórdicos” por encontrarse entre la tercera, “Eroica”, y la más que conocida quinta. El hecho de expandir la dimensión del estilo y la forma sonata a un mayor grado, pero demostrando la unidad orgánica de todos los elementos hacen asumirla como todo un viaje psicológico que se identifica como romántico a pesar del absoluto clasicismo de sus estructuras y que en esta sinfonía encuentra el ejemplo de la contención. De hecho, varios investigadores en su obra han aludido incluso a su carácter ligero, casi etéreo. Alexander Wheelock Thayer utiliza los términos de placidez y serenidad, y considera que formalmente es la más perfecta. Por su parte, George Grove la define como un todo consistente y atractivo en la que los movimientos encajan en su perfecto lugar “[…] como los miembros y rasgos de una hermosa estatua”. Añade que, aunque están llenos de fuego e invención, todo está subordinado a la gracia, la belleza y la concisión.
Se quiso asociar la composición de esta sinfonía (por la intimidad de su segundo movimiento), a la misteriosa amada inmortal, ya que en 1806 Beethoven hizo una visita a su amigo el Conde de Brunswick en su residencia de Martonvásár, en Hungría. Al parecer, durante esa visita Beethoven hizo amistad con sus tres hermanas, Thérèse, Josephine y Caroline (especialmente con las dos primeras), y fue por esas fechas cuando declaró su amor por la mencionada amada inmortal en sus diarios, cuadernos y la más que conocida carta. Pero más allá de las especulaciones, no hay duda de que esta sinfonía responde a un encargo del Conde Franz von Oppersdorf, quien tenía una orquesta privada en su propiedad de Ober-Glogau. Aunque no existen documentos que acrediten un posible estreno allí, sí se desprende que era tal el interés del conde por disponer de una de sus obras que accedió a todas las demandas de pago, incluidas importantes sumas de dinero que debía realizar antes de recibir la obra terminada.
María del Ser
Doctora en Educación Musical (UCM)
Informadora en Radio Clásica (RTVE)